
Ya llevo un mes con el Chupacabras. Sinceramente, me sorprende, me fascina, me hace flipar ver que no me he hartado de él y que, muy al contrario, cuanto más estoy con él, más me apetece conocerlo, más le admiro y más quiero verlo. En serio, puede que muchos pienses que lo malo malísimo -discusiones, broncas...- está aún por llegar, pero yo, en mi búsqueda inconsciente del padre de mis hijos, en cuanto empiezo algo y veo que no hay futuro más allá de la atracción física, los mando a freír churros. Estar por estar, tontería. Prefiero estar sola y a mi bola que mal acompañada. Qué gran verdad. Pero this time is different! Es la primera vez en mi vida que me gusta un tío en plan "novio", a veces me entras ganas de abrir una botella de champán y celebrarlo invitando a los vecinos. Y es que la relación más larga que he tenido no superó los 3 meses (con mi primer gran amor) y éstos no estuvieron exentos de lágrimas, incompatibilidades y frustración.
Aún es pronto para cantar victoria, a estas alturas del partido ya no creo en el amor para siempre, medias naranjas y desprecio las historias para no dormir que vemos en el cine almibarado de Hollywood, pero eso no quita que no me ilusione y esté en mi nube particular. Por fin he encontrado a un compañero con el que compartir distintas facetas de mi vida aparte de la de amante. Me gusta mucho esa sensación.
Ayer fuimos a un concierto (¿o he de decir conciertazo?) de Fanfare Ciocârlia en el Stadtgarten, mi sala favorita de Colonia. Un francés y una española en un concierto de pura explosión balcánica. Entre aplauso y bailoteo me mangaron el abrigo. De camino a la parada de metro, el Chupacabras me cedió el suyo, optando por quedar como un señor conmigo y cagarse de frío hasta la parada. Benditos los novios, sobre todo en invierno....