Sábado noche. Me he tomado un café y estoy como una moto, no va a haber quien me duerma hoy... Así que en vez de ponerme a estudiar, cosa que me convendría más, me dedico a descargar mis pajas mentales en este blog... ¿Dónde se fueron mis años de sacrificio y encierro estudiantil? He perdido la práctica, se nota... Ahora me es imposible quedarme un finde en casa, el cuerpo me pide gente y salir, y no precisamente de fiesta, sino más bien hablar, tener conversaciones eternas y estimulantes con gente interesante. Y eso es precisamente lo que me ha pasado hoy.
Esta tarde he quedado por primera vez con la mujer de un buen amigo de mi compañero de piso. Ella, JL, es de Pekín y ha venido a Alemania por amor, el de N., un estudiante alemán que conoció cuando él estaba de intercambio en su ciudad natal. Yo a él lo conocí cuando regresó de esa estancia en el gigante asiático que le cambió la vida. Se quedó en nuestro piso hasta encontrar uno propio y me cayó bien desde el principio: un tío abierto, entrañable (se le iba la olla a veces, pero me dio muy buen rollo desde que lo conocí) y viajado. Es extraño, pero después de más de dos años con la etiqueta de extranjera pegada a la frente, no puedo evitar clasificar a los alemanes entre "amigos de la extranjería" o "indiferentes a la extranjería", este último saco bastante amplio y abierto a matices, en el que caben desde la mera ignorancia hasta el desprecio, pasando por la aversión en su máxima expresión. Por suerte, N. es de los que se ha visto en mi piel y siempre me vio como una persona, no como un alien. JL vino casi un año después, y hace tres meses se casaron en un arrebato romántico.
Esta tarde he quedado por primera vez con la mujer de un buen amigo de mi compañero de piso. Ella, JL, es de Pekín y ha venido a Alemania por amor, el de N., un estudiante alemán que conoció cuando él estaba de intercambio en su ciudad natal. Yo a él lo conocí cuando regresó de esa estancia en el gigante asiático que le cambió la vida. Se quedó en nuestro piso hasta encontrar uno propio y me cayó bien desde el principio: un tío abierto, entrañable (se le iba la olla a veces, pero me dio muy buen rollo desde que lo conocí) y viajado. Es extraño, pero después de más de dos años con la etiqueta de extranjera pegada a la frente, no puedo evitar clasificar a los alemanes entre "amigos de la extranjería" o "indiferentes a la extranjería", este último saco bastante amplio y abierto a matices, en el que caben desde la mera ignorancia hasta el desprecio, pasando por la aversión en su máxima expresión. Por suerte, N. es de los que se ha visto en mi piel y siempre me vio como una persona, no como un alien. JL vino casi un año después, y hace tres meses se casaron en un arrebato romántico.
Hasta ahora sólo había coincidido esporádicamente con JL en fiestas de amigos comunes y ya desde la primera vez me pareció una tía maja, la verdad. Intercambiamos números y es hoy cuando hemos quedado por primera vez de forma "premeditada". Ya me pareció un gesto bonito y cómplice por su parte tomarme del brazo en plan amiguísimas mientras íbamos charlando bajo la lluvia de camino a la cafetería, cosa impensable entre las valkirias, que le pones una mano en el brazo cuando no son tus íntimas declaradas y retroceden del susto cual resorte (o al menos en muchos casos es así).
Estuvimos hablando en inglés, un poco de alemán, intercambiando impresiones sobre el país, su gente, la integración, el ser extranjero y diferente, congeniando desde el primer minuto a pesar de las diferencias lingüísticas y culturales, hablando del amor, de la vida, de romper moldes y las consecuencias que a veces conlleva tomar las riendas de tu destino, hasta el punto de irte a otro país por hache o por be, huyendo a veces de lo establecido, sumergiéndote en otro mundo paralelo en el que al menos tendrás el consuelo de tu procedencia para justificar el ser diferente, de la búsqueda de la felicidad y de uno mismo. Con franqueza y confianza, a pesar de ser la primera vez que quedábamos.
Una de las ventajas de ser extranjero es la facilidad para conocer y entablar amistad con gente de otras culturas, de saltarte prejuicios e ir al fondo, a la esencia de la persona, valorando a la gente no por lo que tiene, de dónde viene o por cómo viste, sino por encima de todo por su calidad humana y el grado de empatía que sientes con ella. Sé que parece raro, pero el mero de ser todos emigrados, ya sea voluntarios o forzosos, hace que nos tengamos simpatía a priori: con el turco del kiosko, el francés de la crepería, el italiano de la heladería, etc. Siempre terminas intercambiando comentarios del tipo "de dónde eres" o "qué haces aquí" con una sonrisa en los labios y la sensación de entender la historia del otro sin que te la haya contado, por la simple razón de estar en su mismo "saco", a pesar de que nuestras vidas apenas tengan nada en común. Alguna ventaja tenía que tener la globalización. ¡Viva la multiculturalidad!

